ATARDECER

Napszállta

director: László Nemes

intérpretes: Juli Jakab, Vlad Ivanov, Susanne Wuest, Uwe Lauer, Christian Harting, Levente Molnár, Urs Rechn.

género: Drama. 2018. 140 min.

Budapest, 1910. La joven Írisz acaba de volver a la ciudad y se dirige a la sombrerería de lujo que regentaba su familia para que la contraten. Cuando menciona su identidad, sin embargo, recibe la recomendación de irse de la ciudad. Sin embargo, el descubrimiento de la existencia de un hermano que desconocía hace que Írisz decida quedarse e investigar su pasado familiar.

En la primera imagen de Atardecer, La protagonista Írisz lleva un vistoso sombrero que incorpora un velo negro que le cubre la cara. A continuación, una dependienta la levanta poco a poco para dejar al descubierto la mirada de la chica, que por unos segundos parece entre hipnotizada y desorientada. El director László Nemes ya parece indicarnos así que la historia que vendrá después no responderá a una mirada clara. Y realmente lo acaba cumpliendo. La película nos traslada a una época convulsa para Europa, que no sabía que estaba en las puertas de una guerra que cambiaría su naturaleza por completo, y lo hace marcada por un apuesta formal que fomenta la confusión por delante de la revelación. En vez de explicarnos los motivos o los orígenes del conflicto, Atardecer nos sitúa en el desconcierto de quien se ve inmerso en un conflicto que lo sobrepasa los dos lados, y deja que seamos nosotros los que acabamos completando la ecuación. Y la jugada le sale … a medias.

László Nemes venía de dejarnos una huella considerable con El Hijo de Saúl, Y la verdad es que Atardecer no tarda en evidenciar que comparte parte de su ADN. Si bien aquí el director nos deja respirar un poquito más -el formato de la imagen gana amplitud y el montaje incluye más variedad de planes-, el campo de visión para el espectador siempre está limitado de una manera u otra, y el nuca de la protagonista Írisz vuelve a coger un protagonismo destacado. Del mismo modo, el fuera de campo que a El Hijo de Saúl erigía como el elemento más escalofriante de toda la película aquí rebaja su impacto y se convierte en un impulsor más del desconcierto general que vivimos junto con la protagonista. En todo caso, la sensación es que la apuesta formal que László Nemes repite a Atardecer no tiene tanta razón de ser como su antecesora.

Otro de los aspectos que recupera el director es la presencia del leitmotiv que guía los pasos del personaje protagonista. si a El Hijo de Saúl era la búsqueda del cuerpo de un hijo que acababa de morir, a Atardecer es el reencuentro con un hermano desconocido lo que impulsa Írisz a perseverar en su búsqueda. De nuevo, Nemes utiliza la táctica de ir difuminando esta meta que en un principio parecía tan concreta para tratar de dar un sentido más amplio a la historia. En este caso, sin embargo, también es la naturaleza de la propia protagonista la que poco a poco se vuelve más confusa. Todo ello no debería conllevar un problema porque sí, pero la verdad es que es complicado esclarecer todo el desconcierto en que nos sumerge Atardecer. Por muy evidente que sea el hecho de no tomarnos literalmente la mirada de la protagonista (el velo del inicio ya lo avisaba), el film puede llegar a ser un poco frustrante.

El contexto histórico tiene un peso muy importante en la historia, sobre todo en el contexto de la caída del Imperio Austrohúngaro como preludio del inicio de la 1ª Guerra Mundial. Siempre siguiendo los pasos de la protagonista, Atardecer nos pasea por los diferentes estratos sociales: desde el lujo de la tienda de sombreros o las grandes residencias de la aristocracia hasta locales clandestinos en las afueras de la ciudad donde los obreros empiezan a forjar una revolución. Es admirable como la cámara de László Nemes adecua a cada situación para contextualizarnos no sólo el espacio, sino la atmósfera que se vive. Y es en esos momentos de más tensión y más multitud en que su dirección consigue sus mejores efectos de angustia y desorientación. En este sentido, Atardecer vuelve a poner de manifiesto la enorme tarea de planificación que hay detrás de cada secuencia y cada encuadre; un mérito imposible de negar al director húngaro.

En medio de este clima de revuelta que poco a poco llega a su punto de ebullición, la película jugando con el supuesto misterio que rodea Írisz desde el inicio de la historia. Se supone que los personajes con los que se cruza y los diálogos que intercambia -muchos de ellos enigmáticos o sin ningún sentido aparentemente contienen pistas sobre el verdadero sentido deAtardecer, Pero la impresión final es que no hay un puzzle concreto para formar con las piezas que nos ha proporcionado el director. O, al menos, requiere de un bagaje de conocimiento histórico que parece difícil de aplicar al gran público. Esto no quita que, a nivel cinematográfico, el trayecto que propone Atardecer sea ​​bastante apasionante, y que precisamente esta falta de una mirada específica genere un repaso mental de los hechos que siempre puede ser enriquecedor. Quizás al final el triunfo principal de la película es hacernos sentir como se siente Írisz: perdidos en medio de unos hechos que nos cambiarán la vida y de los que hemos sido partícipes sin ser conscientes de ello.

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