ATLANTIDA FILM FEST 2018

Unos días después de la conclusión del Atlántida Film Fest 2018, Hago un repaso de algunos de los mejores títulos que se pudieron ver. Un año más, el festival permite acceder a un buen número de miradas diferentes llegadas de toda Europa, con películas que difícilmente pueden colarse en la distribución comercial. En este caso, desde potentes producciones del norte del continente, hasta una humilde película barcelonesa. En general, descubrimientos interesantes.

Blue My Mind (Lisa Brühlmann, 2.017)

Últimamente, el subgénero coming-of-age nos está obsequiando con propuestas más que interesantes desde varios puntos del continente europeo. Después de arriesgados éxitos como Crudo o Thelma, ahora Blue My Mind trata de coger el testigo con una historia que presenta bastantes puntos en común con estas dos; especialmente con la primera. En este caso, la protagonista es Mia, una adolescente suiza de 15 años que cambia de instituto y comienza a alejarse de su actitud ejemplar para explorar terrenos como el del sexo, el alcohol y las drogas de la mano de sus nuevas amigas. La debutante Lisa Brühlmann plantea la narración de Blue My Mind como una mezcla de realismo y fantasía que cada vez se hace más oscura y perturbadora, sobre todo por los cambios físicos que va experimentando Mia y por la decisión de la directora de llevar al límite la metáfora con la que simboliza el despertar hormonal de la chica.

Es precisamente este exceso de literalidad lo que lleva la película hacia una debilitación de su mensaje, aunque a la vez proporciona las imágenes más impactantes. Uno de los elementos que marca Blue My Mind es la integración de este cambio físico de la protagonista en la acción real, y que el resto de personajes también lo puedan ver, y eso al final enrarece un poco la sensación que nos producen algunas situaciones. Los minutos finales habrían podido ser bastante potentes, pero según como acaban resultando algo esperpénticos. Parece que la directora quiera culminar sea como sea la metáfora que ha construido, y quizás hubiera sido mejor que el propio espectador lo hubiera hecho. Aparte de esto, ya pesar de contarnos una historia que ya hemos visto en repetidas ocasiones, Blue My Mind funciona bastante bien.

El Caso Kurt Waldheim (Ruth Beckermann, 2018)

Un vistazo a la situación política europea actual es suficiente para encontrar todo el sentido a la aparición de un documental como El Caso Kurt Waldheim en este preciso momento. Y los paralelismos no resultan demasiado alentadores. Waldheim fue secretario general de las Naciones Unidas entre 1972 y 1981, y cuando se encontraba en plena campaña electoral para convertirse en presidente de Austria en 1986, salió a la luz su colaboración activa con el ejército nazi durante la 2ª Guerra Mundial. El documental, narrado por la propia directora, una de las activistas que desenmascararon Waldheim, se focaliza en la guerra de versiones que comienza cuando el político austríaco ve gravemente afectada su imagen pública. Aunque la autoría del documental podría implicar una visión sesgada de la historia, El Caso Kurt Waldheim deja, con astucia, que el propio protagonista hable y hable, y vaya sumergiéndose en sus falsedades. Aparte que los hechos, obviamente, también van cayendo por su propio peso.

Gracias a la enorme cantidad de imágenes de archivo, el documental nos permite conocer a la perfección la figura de Waldheim; aunque después del primer discurso ya lo podemos calar de forma bastante completa. El Caso Kurt Waldheim incide sobre todo en la ambigüedad con que el político habla cada vez de su pasado: primero no lo recuerda bien del todo, luego resulta que sí era el mismo escenario donde se aprobaron cientos de miles de deportaciones a los campos de concentración pero no se ‘n dio cuenta, después alega que ambos bandos sufrieron mucho … una cadena de mentiras y medias verdades que incluso resulta relativamente graciosa de ver. Pero la sonrisa se borra cuando, a pesar de todo, Waldheim gana las elecciones en su país. El Caso Kurt Waldheim nos recuerda, una vez más, que por muy manchada que pueda quedar la imagen de un político, siempre puede encontrar la manera de ganarse sus votantes. Y esta sensación de rabia no nos la quita nadie.

McKellen: Tomando Partido (Joe Stephenson, 2017)

A pesar de haber protagonizado títulos suficientemente relevantes durante la década de los 90, Ian McKellen entró en las vidas de mucha gente gracias a la barba (primer gris, después blanca) de Gandalf y el casco morado del malvado Magneto. Y más de uno pensó lo mismo: de dónde ha salido esta nueva estrella de 60 años? A McKellen: Tomando Partido él mismo se encarga de explicarnos esto, y lo hace de forma completamente natural y honesta sentado en su butaca roja. Desde sus primeros recuerdos de infancia y hasta el día de hoy, el actor británico repasa su vida con intimidad, autocrítica y una absoluta confianza hacia el espectador; orgulloso de todo lo que ha conseguido y también dispuesto a admitir errores y decepciones, tanto a nivel profesional como personal. Raramente se ha visto un actor tan dispuesto a hablar de todo como el que vemos en McKellen: Tomando Partido, Y raramente el espectador ha terminado con tantas ganas de abrazarlo.

El documental repasa (y nos descubre, en muchos casos) la carrera teatral de McKellen y su romance con la obra de Shakespeare, que poco a poco le hizo ganar popularidad en Gran Bretaña hasta convertirse en una de las grandes estrellas del sector. Más allá de las imágenes de archivo, lo que más valor tiene en McKellen: Tomando Partido son las explicaciones del propio Ian McKellen, que enriquecen cada imagen de forma realmente emotiva. La otra gran vertiente -aunque queda algo por debajo- es la personal, centrada sobre todo en su reivindicación de los derechos de los homosexuales y en su vida como tal. Todo ello, sin una pretensión más que la de transmitir lo que le salía de dentro en cada momento. Combinando siempre el concepto de actuación vs realidad, siempre presente en la vida del actor, McKellen: Tomando Partido logra convertirse en uno de esos documentales que hay que ver. Al menos, para comprobar que detrás de Gandalf y Magneto hay una persona de la que se pueden aprender muchas cosas.

Tower. A Bright Day (Jagoda Szelc, 2017)

Otro ejemplo que la Atlántida Film Fest está lleno de debuts prometedores es Tower. A Bright Day, Ópera prima de la directora polaca Jagoda Szelc. Con sólo 34 años, Szelc atreve con una mezcla de géneros muy inquietante y una historia del todo atmosférica que permite varias lecturas. Todo comienza con el reencuentro de dos hermanas, Mula y Kaja, con motivo de la celebración de la primera comunión de la pequeña Nina, hija biológica de Kaja pero criada por Mula después de que la primera desapareciera de forma repentina. Este secreto, desconocido por parte de la niña, sobrevuela toda la película, pero es el choque de personalidades de las dos hermanas lo que acaba marcando la narración. Partiendo de sta base, Tower. A Bright Day genera un gran número de situaciones tensas en que, poco a poco, vamos viendo de qué pie calza cada una de ellas y reajustar las percepciones que se nos habían otorgado en un inicio.

Jagoda Szelc aprovecha esta confrontación para hacer un retrato mucho más amplio y profundo: el de la sociedad polaca más conservadora y su miedo a un progresismo que quiere romper con lo establecido. La religión tiene un peso importante, como evidencian las curiosas escenas del cura que oficiará la comunión, pero también las convenciones y los roles familiares más tradicionales. En su segunda mitad, Tower. A Bright Day no duda en virar hacia toques de thriller de terror, siempre acentuados por una banda sonora incómoda, e incluso hacia un simbolismo sobrenatural que pone en duda la literalidad de según qué elementos. La película quizá se excede un poco en el terreno formal en este sentido, pero consigue generarnos un desconcierto fuerza estimulante. Merece mención aparte su final, de aquellos pensados ​​para desquició los esquemas del espectador que creía haberlo captado todo.

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