FESTIVAL DE SITGES 2018 (Parte 2)

Como cada año, la resaca del Festival de Sitges se pasa rememorando las películas vistas, aunque algunas parece que haga meses que las vi. En este primer repaso, me centro en algunas de las que protagonizaron los primeros días del festival. El resultado quizás es algo más irregular que años anteriores, pero ya se pueden encontrar algunos de los títulos potentes de esta 51ª edición.

el Apóstol (Gareth Evans, 2018)

Todo el imaginario religioso, y en particular el extremismo de las sectas, siempre ha sido una fuente prolífica para el cine de terror. El director Gareth Evans, responsable de la saga The Raid, Se sumerge de lleno en el Apóstol, Donde nos hace vivir una especie de pesadilla enfermizo que no para de crecer a nivel de intensidad y brutalidad visual. La historia se centra en un hombre que busca rescatar a su hermana de una comunidad que vive confinada en una isla y que rinde culto a una misteriosa diosa, y nos va revelando progresivamente todo lo que esconde aquel lugar. Este proceso de descubrimiento que ocupa la primera mitad de película es el que mejor funciona en el Apóstol, Ya que la película pierde un poco el control a medida que se acerca a su resolución. Sin embargo, y después de una necesaria digestión, la experiencia termina siendo bastante notable.

La atmósfera que Gareth Evans aporta a la película atrapa desde que el protagonista pone el primer pie en la isla. El punto sobrenatural de la historia también añade interés, sobre todo cuando se muestra de forma fugaz o sutil. el Apóstol no sólo busca una clara metáfora del fundamentalismo religioso como herramienta para manipular aquellas personas a las que no les queda nada más, sino que también transmite una especie de mensaje ecologista cambiado de forma terrorífica. Cuando todo se desata, la película no resuelve con la misma efectividad todos sus frentes, quizá porque precisamente en vuelo incluir masas, pero la decisión con que Evans culmina su pesadilla contagia y deja un buen sabor de boca.

Asher (Michael Caton-Jones, 2018)

Antes de la proyección deAsher, Ron Perlman contaba con orgullo que había decidido dedicar la actual etapa de su carrera profesional en “la promoción de proyectos pequeños y originales”. Una vez terminada la película, la idea de que nos queda es que si este es el tipo de cine que pretende fomentar, tal que se lo replantee. Y es que la historia, centrada en un solitario asesino a sueldo que ve como su vida se complica después de que una misión no salga del todo bien, está llena de tópicos y elementos comunes de su género. Perlman esfuerza para dar cierta presencia y personalidad al protagonista, y medio lo consigue en el primer tramo del film, pero Asher acaba volviendo tan rutinaria que cuesta mucho extraer nada mínimamente especial.

La redención del protagonista, una segunda oportunidad en el terreno afectivo, la traición de sus supuestos cómplices … todo lo que incluye Asher resulta demasiado evidente y previsible. También cae en ciertos problemas de credibilidad -la trama amorosa pende de un hilo- y de exceso de dramatismo -toda la historia personal del personaje de Famke Janssen no lleva enlloc-. Tampoco la dirección de Michael Caton-Jones ayuda mucho, ya que se limita a cumplir el trámite y poco más. A pesar de todo, Asher se deja ver e incluso tiene toques de humor que funcionan bastante bien. Eso sí, una vez termina el visionado está destinada a durar poco en nuestra memoria. Tal como decía Perlman, no hay duda de que es un proyecto, pero en cuanto a la originalidad, parece que se la olvidó antes de empezar.

Summer of 84 (Anouk Whissell, François Simard, Yoann-Karl Whissell, 2018)

Hace un par de años, el fenómeno Stranger Things terminó de alimentar la tendencia que parecía asegurar el éxito en todo lo que nos trasladara a los años 80. Uno de los resultados de esta tendencia es sin duda Summer of 84, Que además es un ejemplo idóneo para desmentirlo todo. Dirigida por Anouk Whissell, François Simard y Yoann-Karl Whissell, la película incluye absolutamente todos los elementos que ya conocemos (grupo de amigos, bicicletas, walkie-talkies, gran misterio para resolver), con la única diferencia de que los personajes son de edad más adolescente y que su enemigo es un asesino en serie. Nada más. Summer of 84 no se esfuerza para ir más allá de la fórmula o para distinguirse mínimamente de todos sus referentes.

El problema del filme no es sólo éste, sino que llega en un momento en que ya no tiene demasiada razón de ser. Todo el mundo ya ha visto Stranger Things y el remake deIt; por qué había que presentar ahora una película que ocupa la misma posición y encima sin ofrecer nada nuevo? Summer of 84 se deja ver porque sí capta el suficiente espíritu lúdico de su género, pero ni sus personajes son especialmente memorables, ni su misterio suficientemente potente para engancharnos de verdad. Es cierto que busca cierto efecto con su final, pero la sensación es que ya es demasiado tarde para convencernos. Y es que el encanto de los 80 es atractivo, y todos hemos acabado cayendo, pero con Summer of 84 constatamos que tampoco compraremos automáticamente todo lo que lleve esta etiqueta.

río Noir (Érick Zonca, 2018)

Raramente hay un año en el que la cuota de cine francés presente en el festival no nos deja algún título meritorio que pasa medio desapercibido. En este caso, río Noir tiene números para ocupar esta posición. Con la desaparición de un niño en un suburbio de París como punto de partida, este thriller policíaco mezcla diversos elementos de género negro, psycho-killers y drama familiar para ofrecer una historia realmente oscura. El eje es un enorme Vincent Cassel en el papel de un comandante de policía alcohólico, violento y fuerza repugnante, pero el mejor en su trabajo; una figura que en el fondo liga con el tono desalentador de río Noir, Y que actualiza claramente el prototipo de policía de cine negro clásico. En realidad, la película es de aquellas que parecen decididas a impedir cualquier mínima empatía con cualquiera de sus personajes.

Como todo buen thriller policíaco, río Noir dosifica la información sobre la investigación del caso, y la verdad es que se reserva el plato fuerte para el final. Aquí, comete el ligero error de juntar demasiado algunos giros cruciales, de forma que no llegamos a procesar su impacto, pero en todo caso la bofetada emocional es de las que dejan bastante tocado. Más allá del esclarecimiento del caso del niño desaparecido, la película destaca por el rechazo que provoca el microuniverso que forman sus personajes -desde los más evidentes hasta los que no lo semblaven-, y por el pesimismo que impera en su particular retrato social. Alguna subtrama queda un poco corta, y a veces el ritmo pausado no acompaña, pero en general río Noir nos arrastra con convicción en medio de esta marea negra que no deja de subir.

aterrados (Demián Rugna, 2017)

En una película de terror, la actitud de los protagonistas suele ser un aspecto más importante de lo que pensamos a la hora de conseguir transmitir las mismas sensaciones al espectador. Uno de los grandes aciertos deaterrados es, precisamente, la naturalidad y humildad con que trata los personajes que comparten nuestro miedo. Comienza por las víctimas de las tres historias que conforman la película, ambientada en un barrio de Buenos Aires donde suceden varios hechos paranormales, y continúa con un inspector de policía que asiste atónito a todos estos fenómenos. Esta conexión con todos ellos, sumada al talento con que el director Demián Rugna construye las escenas de terror, hacen deaterrados una cinta de género totalmente inmersiva. Todo un ejemplo de cine efectivo hecho con cuatro duros.

Demián Rugna decide otorgar más importancia a la reproducción de los elementos terroríficos de la historia en todas sus formas, que a dar una explicación plausible de su origen o su motivo. Y acierta. Lo que plantea aterrados no es un misterio a resolver, sino el planteamiento de un escenario donde nadie está a salvo; y donde algunos tienen la desgracia de ver con sus propios ojos lo que otros creen que no existe. Los juegos de cámara del director, el cuidado con el que planifica las escenas y la astucia con que nos mantiene pegados a la butaca (sin recurrir siempre al susto repentino) son algunos de los grandes méritos de la película. Y eso que sus contenidos no son particularmente innovadores, pero todo acaba funcionando de maravilla. Toda edición del Festival de Sitges debería incluir un film como aterrados.

Mandy (Panos Cosmatos, 2018)

La presencia de Nicolas Cage ha sido, sin duda, uno de los puntos álgidos de esta edición del Festival de Sitges. Y la verdad es que la película que presentaba, ya sea en positivo o negativo, tampoco ha pasado nada desapercibida. Planteada como una oscura historia de venganza de un hombre contra un gurú espiritual y sus seguidores después de que estos maten su mujer, Mandy busca sumergir al espectador en las mismas sustancias que sus protagonistas: una mezcla de alucinógenos que distorsionan la realidad y una rabia que sale de forma visceral. El resultado es un cóctel visual y sonoro realmente difícil de digerir, ya que la espiritualidad que el director Panos Cosmatos pretende atribuir a Mandy se vuelve agotadora.

La película está radicalmente dividida en dos partes, correspondientes a las dos horas de metraje. No supondría un problema de forma obligatoria, si no fuera porque toda la acción y violencia se reserva para la segunda parte, y porque la primera resulta un peaje extraordinariamente caro para llegar. Con ritmo pausado, una estética saturada de colores y una sonoridad abrumadora, Mandy explora de forma reiterativa e incluso irritante la naturaleza del enemigo que Nicolas Cage combatirá más tarde. Cuando esto llega, el film no escatima todo el potencial del actor (con todo lo que ello conlleva), pero es complicado no acusar el cansancio de la primera hora. Escenas como la de Cage forjando su propia hacha o alguno de sus enfrentamientos individuales suben la moral, pero no salvan el conjunto. La sensación es que Mandy magnifica con varias capas de maquillaje una historia limitada y sin ninguna originalidad.

Tito y hueso Passaros (Gabriel Bitar, André Catot, Gustavo Steinberg, 2018)

Antes de la proyección de Tito y hueso Passaros, Su codirector y coguionista Gustavo Steinberg celebraba la presencia de niños en la sala, ya que era importante que el mensaje de la película los empezara a calar. La historia, planteada en un futuro no muy lejano, se centra en la aventura del pequeño Tito y sus amigos para liberar su ciudad de una epidemia causada por el miedo, y destaca la fuerza que pueden tener la inocencia y la valentía de los niños por delante de unos adultos que resultan mucho más influenciables. Y es que Tito y hueso Passaros habla claramente de la capacidad de manipulación que puede llegar a tener el tridente formado por la política, la avaricia y los medios de comunicación, hasta el punto de crear una psicosis a nivel global. Una especie de Guerra de los Mundos de Orson Welles, pero con unas intenciones realmente malvadas.

La película contiene un buen puñado de buenas ideas y representaciones dirigidas al público más adulto, aunque a veces resultan un poco demasiado obvias; posiblemente, para acercarlas también a los más pequeños. La rapidez con que avanza (la duración apenas llega a los 75 minutos) también propicia que algunos elementos de Tito y hueso Passaros no queden demasiado desarrollados, como precisamente el papel que tienen los pájaros en la resolución de la trama. A pesar de ello, y de acabar mostrando un carácter más bien infantil, la película no escatima dramatismo y también un buen sentido de la aventura. Además, combina dos diseños visuales de lo más atractivos y dinámicos (personajes más definidos sobre un fondo que parece pintado fotograma a fotograma) y lo culmina con una magnífica banda sonora.

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