HAPPY END

 

Happy End

director: Michael Haneke

intérpretes: Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz, Fantine Hardu, Toby Jones, Franz Rogowski, Laura Verlinden.

género: Drama. Francia, 2017. 110 min.

Después de envenenar a su madre con una sobredosis de antidepresivos y enviarla a la UCI, la pequeña Eve, de 12 años, se traslada a vivir a la casa de la familia de su padre, a Calais. Allí, Eve coincide con su padre, que nunca ha cuidado mucho de ella, y su nueva mujer, con la que acaba de tener un hijo. También viven en la casa su tía Anne, que dirige la empresa de construcción propiedad de la familia, y su abuelo Georges, que sufre demencia.

Los (incomprensibles) 14 meses que han pasado entre su presentación en el Festival de Cannes de 2017 y su estreno en nuestras salas, sumados a las tibias reacciones que ha recolectado durante este tiempo, han dejado Happy End en un extraño segundo plano. Y digo extraño porque estamos hablando de uno de los directores europeos más influyentes y prestigiosos de los últimos 20 años: Michael Haneke. Si bien es cierto que el impacto emocional no llega al nivel de otros como amor o La Cinta Blanca, El director austriaco sigue cargando de una considerable mala leche sus historias y personajes. En este caso, lo hace en forma de retrato de una familia francesa de clase alta en el que las apariencias camuflan actitudes y relaciones del todo despreciables, así como una profunda infelicidad. Con la ya previsible ironía respecto su título, Happy End demuestra que, sin poner la quinta marcha, Haneke mantiene su poder de provocación y un gran humor negro.

El director plantea la película como una mirada multigeneracional entre todos los miembros de una familia burguesa, en la que la miseria emocional y la infelicidad parecen ser parte del ADN que los une a todos. Para hacerlo, Happy End adecua esta mirada a cada uno de los personajes, y una de las escenas que mejor lo manifiesta es la que abre el film: el primer contacto con el punto de vista de la hija de 12 años es a través de la pantalla de su móvil ya base de mensajes escritos. La verdad es que no había mejor manera que ésta para trasladar a la generación Millennial la tradicional mala leche de Haneke. La escena, probablemente la más potente de toda la película, vuelve a representar la vertiente más provocativa del director hacia el espectador, ligeramente en la línea de lo que veíamos a Funny Games: La niña odia su madre y trata de matarla con un frialdad absoluta, pero nosotros no podemos apartar la mirada ni dejar de estar expectantes.

Estos fragmentos fácilmente equiparables a otras películas del propio Haneke se van sucediendo en el transcurso de Happy End, Tanto a nivel formal como de fondo. El racismo y clasismo camuflados en la familia protagonista recuerdan a caché, Así como la presencia de algún plan estático y lejano “made in Haneke”. También aparecen de forma directa otros temas ya tratados por el director como el afloramiento de la maldad infantil (La Cinta Blanca) O la polémica eutanasia (amor). Este hecho, sumado a la poca delicadeza con la que se resuelve la incorporación de los refugiados de Calais a la historia, convierten Happy End en una especie de producto reciclado o de compilación de los principales rasgos dentro de la filmografía de Haneke. Y es cierto que, todos juntos y fragmentados, estos rasgos no acaban de tener los respectivos impactos que tuvieron en su momento. A pesar de todo esto, la película mantiene un magnetismo perverso y nunca llega a acomodarse del todo.

Uno de los motivos que provocan esta atracción es que Michael Haneke consigue que odiamos los personajes tanto como los odia él; y en algunos casos, tanto como odian a sí mismos. Llega un punto que incluso los instintos oscuros de la pequeña de la familia no nos parecen tan escalofriantes como deberían parecer. Happy End no llega a profundizar del todo en ellos, sino que captura un fragmento de sus vidas en que, por una razón u otra, quedan al descubierto, pero tenemos suficiente para percibir su falsedad, hipocresía y egoísmo. Y en este sentido, Haneke saca su crueldad dejando que sea la pequeña Eve la que acabe teniendo más conciencia de todo lo que ocurre a su alrededor, y todo ello sin que nos podamos sacar la primera escena de la cabeza. Tras presenciar sus actos a Happy End, Y viendo la familia de la que forma parte, imaginar el presunto futuro de esta niña no es nada agradable ni alentador.

Por un lado, es normal esperar más contundencia de un director como Haneke, y más, después de hacernos esperar cinco años desde su anterior producción. Por otro, es difícil no pensar que Happy End sería una película posiblemente mucho más valorada si hubiera estado en manos de otro director. En ningún caso, pues, se puede hablar de film fallido o intrascendente, sobre todo porque cualquier historia contada por Haneke sigue siendo bastante más atractiva que si nos la explicara la gran mayoría de otros directores. Además, Isabelle Huppert vuelve a estar a su altísimo nivel, así como Jean-Louis Trintignant, que ya ha informado de que esta será su última película. En realidad, quien sabe si el propio Haneke ha concebido Happy End como una especie de cierre de ciclo, recuperando ideas ya utilizadas y juntándolas en forma de conclusión. Sea como sea, volveremos a esperar con impaciencia una nueva muestra de su cine.

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