ROMA

Roma

director: Alfonso Cuarón

intérpretes: Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Marco Graf, Diego Cortina Autrey, Carlos Peralta, Daniela demasía.

género: Drama. 2018. 135 min.

Ciudad de México, 1971. Cleo es una joven que trabaja como asistenta para una familia de clase media-alta que vive en la Colonia Roma, un barrio creado recientemente en la capital del país. Dada la constante ausencia del padre, un prestigioso médico, el día a día de la familia está comandado por la madre, la abuela y también las dos asistentes. Sin embargo, la situación comienza a alterarse cuando Cleo se queda embarazada por accidente.

Cuando un director de cine decide retroceder hasta su infancia para mostrarla en forma de película, se activa un complicado equilibrio de fuerzas entre toda la carga sentimental del autor y la percepción o el interés de la espectador desde su posición externa. A Roma, Alfonso Cuarón no sólo mantiene este equilibrio, sino que ejerce una mirada tan personal y a la vez brutalmente cinematográfica que sitúa la historia mucho más allá del simple testimonio autobiográfico. De hecho, la película es en realidad la biografía de otra persona: la niñera que cuidó el director mexicano cuando era pequeño en un barrio de clase media-alta de Ciudad de México y que ejerció le de segunda figura materna. Siguiendo sus pasos bajo el nombre de Cleo (en realidad llamada Lobi, a quien está dedicado el film), Roma emprende un trayecto intimista para una casa, una familia, una ciudad y un país que marcaron los primeros recuerdos vitales de Cuarón a principios de los años 70.

Esta ampliación progresiva de los espacios es la que sigue la película. El director comienza presentándonos la casa casi como si de una visita se tratara, acompañando los personajes con movimientos panorámicos de la cámara que nos muestran los diferentes niveles y estancias hasta que nos los sabemos de memoria. En cierto modo, acaba siendo nuestro. Al mismo tiempo, Roma presenta la familia y su rutina, exponiendo una diferenciación de clases -y razas- que, a pesar de ser parte del retrato global de la historia, no se percibe como mensaje de protesta. Es más, Cuarón deja claro más adelante que todos forman parte de un mismo bloque familiar. A medida que la historia avanza, Roma va integrando a la historia diversos elementos y acontecimientos que definieron la vida en México en aquella época, como las protestas estudiantiles, los terremotos o la entrada de influencias de otras culturas.

pero Roma es claramente una historia de personas más que de hechos, y en este sentido destaca la mirada inocente y pero decidida de Cleo. El homenaje de Cuarón ya empieza por el hecho de otorgarle su lengua natal, el mixteco, pero a lo largo de la película va quedando cada vez más consolidado. Cleo es la única que tiene una verdadera trama propia, la que siempre está presente cuando pasan los hechos clave, la que más evoluciona, la heroína y también la víctima -de hecho, protagoniza es una de las escenas más impactantes que se han visto últimamente-. El hecho de que su intérprete, Yalitza Aparicio, no tuviera ningún tipo de experiencia como actriz aún aporta más realismo y humildad a sus gestos y su mirada. Ella es el centro de esta oda al amor maternal que es Roma (La lectura inversa del título no es casual), y al final son sus acciones las que acaban definiendo buena parte del rumbo de la película.

A Roma, Cuarón logra que lo percibimos como un director que mueve claramente los hilos detrás de la cámara, pero sin que ello condicione la realidad que estamos presenciando. Y resulta notoria la diferencia de comportamiento de la cámara en función de la situación. En las escenas cotidianas, como ya he citado anteriormente, la cámara se mantiene fija, a una distancia prudencial de los personajes y girando sobre sus propios ejes; es decir, es una mirada no intrusa. Cuando sale al exterior, los largos travellings laterales con que acompañamos los protagonistas también cambian el tono de la acción, ya que nos suelen adentrarse en una multitud Atabaladors. De una forma u otra, es admirable como Cuarón extrae el máximo contenido de cada secuencia de Roma; especialmente en aquellas en las que la acción tiene lugar en diferentes niveles. Como ejemplo magistral: la panorámica circular desde una tienda de muebles mientras en la calle estalla la violencia entre estudiantes y paramilitares.

A pesar de la indiscutible protagonismo de toda la maquinaria formal, la sensación es que el realismo se impone en todo momento. Es aquí donde triunfa el citado equilibrio entre la veracidad con que el propio Cuarón plasma sus recuerdos y la condición de cineasta que lo hace aportar una mirada propia tras la cámara. Roma no cae en la trampa de tirar de nostalgia como único motor, pero tampoco busca ningún adorno o exageración de los hechos. Es por eso que acaba erigiéndose en una obra tan especial, a pesar de no contar nada extraordinariamente original. Salvando las enormes distancias a nivel de ambición, es el mismo que conseguía Carla Simón a verano 1993. Y tal y como ocurría en aquel caso, la perspectiva madura de Cuarón hace que valoramos todo lo que nos muestra a Roma como una etapa vital que está recibiendo el agradecimiento por parte del director, a pesar de toda la dureza que contiene. Al fin y al cabo, es una película que empieza mirando al suelo y termina mirando al cielo.

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