SILVIO (Y LOS OTROS)

Loro

director: Paolo Sorrentino

intérpretes: Toni Servillo, Elena Sofia Ricci, Riccardo Scamarcio, Kasia Smutniak, Euridice Axén, Fabrizio Bentivoglio, Roberto De Francesco, Dario Cantarelli, Anna Bonaiuto.

género: Drama, biográfico. 2018. 145 min.

Sergio Morra es un joven hombre de negocios de Taranto, en el sur de Italia, que comercia con chicas acompañantes que utiliza para sobornar políticos, entre otras prácticas fuera de la ley. Con la ambición de llegar a gente de más poder, Sergio viaja a Roma para conocer Silvio Berlusconi. Su táctica consiste en organizar una fiesta llena de chicas en la casa que hay justo delante de la residencia que Berlusconi tiene en Cerdeña, y así llamar su atención.

Era difícil no frotarse las manos después de saber que Paolo Sorrentino dedicaría una película a la figura de Silvio Berlusconi. Y era obvio que era su actor fetiche, Toni Servillo, quien tenía que poner en la piel (nunca mejor dicho) del controvertido ex italiano. La combinación no decepciona, pero Sorrentino sorprende con una propuesta que aleja Silvio (y Los otros) del relato monográfico que más de uno se podía esperar. Tal como indica la parte añadida de su título traducido -que en realidad es su título original en italiano: Loro– la historia otorga una gran importancia a las otras miradas, las que rodean Berlusconi y que en cierto modo lo definen tanto como la suya propia. Paolo Sorrentino se mantiene fiel a su puesta en escena y su capacidad de dibujar personajes esperpénticos sin dejarse llevar por ellos, y convierte Silvio (y Los otros) en un retrato lleno de sutilezas e interpretaciones de todo tipo.

Este peso de las miradas ajenas queda bien claro cuando ya han pasado casi 45 minutos de Silvio (y Los otros) y su teórico gran protagonista aún no ha aparecido en pantalla. En realidad, sin embargo, todo lo que vemos ya nos la está definiendo; a él, y en general el funcionamiento del universo político que le rodea. Sorrentino recorre varias veces a esta forma indirecta de hablarnos de Berlusconi. Puede que no sea él quien ha organizado la fiesta, puede que él no esté haciendo nada ni propiciando nada de forma activa, pero todo el mundo a su alrededor está pendiente, todo el mundo lo sitúa en el centro y todo el mundo mataría por captar su atención , aunque fuera por unos escasos segundos. Silvio (y Los otros) aprovecha todo esto para contextualizar el protagonista, y comienza a hacernos preguntar cómo es que el hombre ha llegado a estar en este pedestal donde lo sitúa la gente de su alrededor. Es evidente que todos miramos las noticias, pero la película va más allá.

Es muy interesante asistir al comportamiento del personaje según la situación. El control que demuestra cuando se encuentra rodeado de decenas de personas, sabiéndose superior, cambia completamente cuando comparte escena con su mujer Veronica, ante la que deja entrever una enorme necesidad de afecto y aceptación. Sin ir más lejos, la primera imagen que Silvio (y Los otros) nos muestra de Berlusconi -disfrassat como si fuera una mujer india para tratar de hacer reír su mujer- lo evidencia perfectamente. A partir de ahí, la película nos tiene reservadas conversaciones de todo tipo en que exploramos todas las caras del político italiano, hasta el punto de volverse medio entrañable aun en alguna ocasión. Sólo viendo la deliberada calidad relativa del maquillaje que lleva Toni Servillo, queda claro que Sorrentino no esconde la voluntad paródica de Silvio (y Los otros), Pero en ningún caso estamos ante un sketch constante.

La verdad es que la película nos muestra un hombre más autoconsciente de lo que se podía esperar. Esto no evita que sea un cretino que ha jugado con su país buscando el propio beneficio y atacando indiscriminadamente a todo aquel que se mostrara contrario, pero sí dibuja un contexto (político, económico y social) que ha tenido su incidencia en la figura de Berlusconi. Este “los otros” de Silvio (y Los otros) es el mismo que él se pone en la boca cada vez que tiene que culpar a alguien de algo reprobable, y si bien no cuela como exención de culpa, no deja de tener su punto de verdad. “He hecho lo mismo que han hecho todos, pero yo soy el que mejor lo ha hecho”, dice a su mujer durante la que seguramente es la discusión más significativa de toda la historia. Es así como Silvio (y Los otros) define lo que es un verdadero triunfador de la política, con toda la carga negativa que ello supone a nivel moral y humano, pero a la vez explicando que desgraciadamente las cosas funcionan así.

Tal como es marca de la casa (sólo hay que ver La Gran Belleza o The Young Pope), Paolo Sorrentino no puede evitar poner de manifiesto su mirada ridiculitzadora; no sólo hacia el protagonista, sino hacia aquellos fieles. A Silvio (y Los otros), El director vuelve a recrearse con todo lo que rodea las clases altas y el supuesto glamour o atractivo que va ligado al mundo del lujo, y desprovee las imágenes de estos calificativos, hasta el punto de darles la vuelta y convertirlas en decadentes. Y la sensación que transmite es que incluso el propio Berlusconi es consciente. Es entonces cuando el director busca (tal vez con menos acierto que todo lo demás) el contraste con la desgracia del terremoto en L’Aquila, mostrando de alguna manera al personaje que es lo que realmente importa. En todo caso, ya pesar de no ser el trabajo más redondo de Sorrentino, Silvio (y Los otros) conforma un retrato realmente poliédrico del polémico presidente italiano y nos deja la impresión de que, aunque nuestra opinión sobre él no haya cambiado, quizás ahora lo conocemos un poco mejor.

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