THE RIDER

 

The Rider

director: Chloé Zhao

intérpretes: Brady Jandreau, Tim Jandreau, Lilly Jandreau, Cat Clifford, Terri Dawn Pourier, Lane Scott.

género: Drama, western. USA, 2017. 100 min.

Después de sufrir un grave accidente en un rodeo, el joven Brady Blackburn recibe la advertencia de los médicos que no puede volver a montar un caballo salvaje, ya que el accidente no sólo ha obligado a ponerle una placa en el cráneo, sino que le ha dejado otras secuelas peligrosas. No obstante, los rodeos son la única y gran pasión de Brady, por lo tanto la idea de dejarlo se le hace muy cuesta arriba. Cuando el dinero de su familia comienzan a escasear, Brady tiene que buscar nuevos empleos para tener ingresos.

Dicen que un mismo paisaje puede provocar sensaciones completamente diferentes en función de los ojos que lo miren; incluso cuando son los de una misma persona. Este es el caso de Brady Jandreau ante las amplias planicies de Dakota del Sur, y la directora china Chloé Zhao lo refleja a The Rider con una sensibilidad y veracidad extraordinarias. La película, basada en hechos reales y con los propios protagonistas interpretándose a sí mismos, nos traslada a la mente de un joven obligado a afrontar el peor de los escenarios: la rotura de sus sueños. Y lo hace sumergiéndonos en el espíritu tan particular de este rincón de la América profunda, el cual necesitamos conocer y entender para poder identificar mejor con todo lo que pasa. Es un reflejo más bien incómodo y desalentador, pero The Rider es cine de aquel que no necesita artificios para tocarnos la fibra.

Tampoco necesita excesivas palabras, especialmente en cuanto a su protagonista. Chloé Zhao consigue que este se exprese de muchas otras maneras, a menudo para transmitir la complicada mezcla de sentimientos que pasan por su cabeza. Tal como apuntaba al principio, es admirable cómo cambia la percepción cada vez que The Rider nos muestra Brady ante el entorno natural que le rodea: es su casa, es todo lo que conoce y necesita, es sinónimo de libertad, pero se puede convertir en una especie de prisión difícil de soportar, un constante recordatorio de lo que ya no puede hacer. La directora consigue que el espectador comparta esta lucha interna constante y de difícil solución. Como ejemplo, esta escena de The Rider en que Brady, después de que el médico le avise que una caída más puede resultar fatal, cabalga a placer su caballo y se muestra más feliz que nunca. Por un lado, podemos pensar que es un inconsciente, pero por otro entendemos que significaría para él verse privado de esta parte de su vida.

Como no podía ser de otra manera, The Rider avanza a ritmo pausado, sin mucho estridencias ni golpes de efecto narrativos, pero en ningún caso se puede decir que la historia no evolucione. La sensación es que no hay una sola escena que sobre, que todo tiene un sentido. Una de las explicaciones es que la directora dejó que los protagonistas recreasen las escenas y conversaciones tal como las habrían tenido en la vida real, y esa autenticidad traspasa la pantalla. Pero lo más importante es que cada escena tiene un efecto en el protagonista; los diálogos con su padre, los ratos que pasa con su hermana Lilly -que tiene síndrome de Asperger-, las visitas a su amigo Lane -a quien otro brutal accidente de rodeo ha dejado paraplègic- y, sobre todo, las interacciones con caballos, dejan huella en la mente de Brady. Es así como The Rider va construyendo su retrato sobre el personaje, su entorno y las consecuencias de la vida que ha elegido.

A la vez, la película sirve para abrir de nuevo las puertas a un rincón de Estados Unidos que parece evolucionar tres marchas por debajo del resto del país, y que bebe directamente de su pasado en que cowboys e indios se disputaban las tierras. Un lugar donde los niños piden fotos a los cowboys de rodeos y aspiran a ser como ellos (aunque los encuentren trabajando en un supermercado), y donde la relación con los caballos es prácticamente mística. Siguiendo unos pasos similares a las de la también notable Lean donde Pete, The Rider impacta por estas ambiciones vitales, por esta pasión desmedida por el mundo de los caballos y del rodeo, y también para la preocupante constatación de que generaciones tan jóvenes como la de Brady y compañía lo confían todo a esta carta tan arriesgada. La película, en todo caso, nunca se apiada de ellos ni tampoco los sitúa por encima de nadie, simplemente muestra su realidad particular con todas las luces y sombras correspondientes.

La directora Chloé Zhao habría podido convertir The Rider en un verdadero melodrama o también en un relato más trascendental. Por un lado, la desgracia rodea cada vez más su protagonista y el destino parece negarle cualquier mínimo giro positivo que pueda tener; por otro, los escenarios son de lo más susceptibles de buscar una belleza poética y melancólica. Sin embargo, Zhao demuestra no querer ir más allá que el propio Brady y respetar su visión. Un buen ejemplo de ello es que el uso de la música es muy limitado, y también que no hay grandes movimientos de cámara o planos cenitales que busquen espectacularidad. Es esta humildad y simplicidad la que convierte The Rider en una historia tan cercana, a pesar de estar tan alejados de los personajes que la protagonizan. En el fondo, los sueños rotos del cowboy Brady pueden equipararse a los de cualquier joven que ve como su vida no sigue el rumbo que había planeado.

 

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