TULLY

Tully

director: Jason Reitman

intérpretes: Charlize Theron, Mackenzie Davis, Mark Duplass, Emily Haine, Ron Livingston, Elaine Tan.

género: Comedia, drama. USA, 2018. 95 min.

A pesar de estar en la fase final de su tercer embarazo, Marlo es una madre de familia que se ve obligada a encargarse prácticamente de todo para sacar adelante a su familia, dada la poca implicación de su marido. Cuando nace la pequeña Mia, Marlo aún se encuentra más desbordada, por lo que decide plantearse el consejo de su hermano de contratar una cuidadora nocturna.

El director Jason Reitman y la guionista Diablo Cody han completado una especie de trilogía sobre la maternidad. Primero llegó el embarazo adolescente de la celebrada Juno (2007); más tarde, fue el turno de la inmadurez de una mujer que no sabe reconducir su vida después de un aborto a Young Adult (2011); ahora, lo completan con un ingenioso y profundo retrato de la madre moderna a Tully. Y como ya ocurría en las otras, nos encontramos con una película que bordea constantemente el terreno de la comedia, pero sin llegar a pisar completamente, y que a la vez busca una sensibilidad especial en la vertiente más dramática. Diablo Cody pone la mirada femenina con más que probable conocimiento de causa (también es madre de tres hijos) y Jason Reitman la interpreta a la perfección. pero Tully se sustenta, sobre todo, en una inmensa Charlize Theron que transmite con precisión el cóctel de emociones de la madre protagonista.

El retrato maternal que plantea Jason Reitman a Tully escapa, por encima de todo, de una lectura única y subrayada. De hecho, su gran mérito es que las combina todas y sabe dar el tono adecuado. Cuando muestra la parte más desagradecida y desfavorecidos, lo hace con el punto justo de distensión (montaje picado, situaciones cómicas, diálogos sutiles) sin llegar nunca a relativizar la seriedad de lo que cuenta. Así, consigue una empatía más natural con el personaje de Marlo y en el fondo le da más credibilidad cuando frota (y con razón) la desesperación. Ahora bien, cuando Tully aborda la versión más idealizada de la historia se desprende de estos toques de humor y todo se vuelve más serio, o incluso más profundo, a medida que la protagonista se sincera con sus sentimientos. Al final, a pesar de acabar contiene una buena dosis de drama, la película consigue encontrar un equilibrio notable que da proximidad a la historia.

Resulta complicado hablar de Tully sin hacer referencia a su principal giro argumental, por mucho que éste resulte relativamente evidente a partir de cierto punto de la historia. En todo caso, no se puede decir que sea una película que lo confíe todo a un golpe de efecto concreto, ya que tanto el antes como el después tienen un significado relevante. En el fondo, este balanceo temporal es el núcleo de la historia que nos cuentan Cody y Reitman: la retroalimentación entre el presente y el pasado. A Juno era el futuro que llegaba demasiado temprano; a Young Adult era la juventud que quedaba estancada durante demasiado tiempo; a Tully, Es la necesidad de reavivar el pasado la que se presenta como antídoto para desatascar el presente. La película ya lo avanza sutilmente en un diálogo entre Marlo y una amiga de juventud que se encuentra en una cafetería, y poco a poco va haciendo aflorar esta parte que la protagonista había dejado olvidada en su interior.

El componente feminista es visible a Tully, Pero también se hace evidente que la película no busca ondear esta bandera como seña de identidad. En este sentido, es interesante la evolución del tratamiento que la historia hace del personaje del marido de Marlo (Ron Livingston). Su acomodo y su falta de implicación son flagrantes, pero sobre todo su inconsciencia ante la verdadera situación de su mujer. No se puede decir que la película se cebe con él, pero sí que envía un mensaje claro respecto a su parte de culpabilidad en todo ello. En todo caso, Tully prefiere focalizarse siempre en la verdadera heroína de su historia, sin pretender hacerla infalible ni tampoco victimizarse, y da a entender que el grueso de la solución vendrá de ella misma. En cierto modo, el verdadero empoderamiento femenino de la película es dar al personaje la capacidad y la fuerza propias para reconducir su situación.

En su tramo final, Tully no puede evitar incluir dos minutos que no le permiten ser un poco más redonda. Básicamente, porque la película ya es bastante autosuficiente a nivel narrativo como para necesitar una de esas explicaciones “por si alguien no lo ha entendido”. No es una gran losa, pero no permite que el espectador haga por sí solo este gratificante ejercicio de deducción y de revisión de toda la historia. Con todo, el gran mérito de la película es la habilidad y naturalidad con que transmite la mezcla de emociones que vive la madre protagonista. Incluso los que no conocemos (ni conoceremos, biológicamente hablando) las circunstancias, podemos entender perfectamente lo que pasa por la cabeza de Marlo, sus necesidades y las conclusiones que saca de la historia. Todo ello, sin que Tully se ponga demasiado melodramática, ni sentimental, ni manipuladora, y gracias a una Charlize Theron que borda el personaje de principio a fin.

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